Lo mucho y lo poco de Tony Benítez

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Decía Chejov que hay que vivir para poder escribir. ¿Y para poder diseñar como mandan los cánones? La respuesta me la dio el otro día Tony Benítez. “Mire, yo empecé vendiendo botones de alta costura, y ahora al año se creen famosos por hacer un dibujo. Lo primero que hay que hacer es poner cremalleras y picar un cuello y, por supuesto, planchar una prenda. Hay escuelas que enseñan a dibujar y a hacer patrones, pero no la base de la costura. Triunfar nunca fue fácil. Las cosas no se hacen en un día. Ahora la gente corre mucho y quiere ser famosa en un año. Pero el éxito no sólo está en coser muy bien, sino en la educación y el trato con la señora a la que se le abre la puerta para mostrarle la calidad en el diseño y en el tejido. Además, a la clienta hay que aconsejarle bien. Todo no vale en la profesión de modisto”.

Estamos en el Restaurante Abades, donde Tony se despide de la exposición “Mirando a Sevilla”, de batas de cola y trajes de artistas de la copla, que ha organizado como aperitivo para el Museo del Traje de Flamenca, una idea que hace años le ronda por la cabeza, lo mismo que la de levantar una Residencia para cuando la gente del mundo del flamenco llegue a la edad provecta. Se ha jubilado de la aguja y el dedal, pero los maestros nunca se jubilan. Sus enseñanzas no tienen fecha de caducidad. Ahora quiere escribir un libro titulado “Lo que dejé de hacer”, pero bien mirado Tony Benítez ha hecho tanto que sería una obra ayuna de páginas. Quiso ser pintor y bailar flamenco, pero las circunstancias se lo impidieron. Estudió ATS y fue practicante como su padre, aunque al final se salió con la suya y durante más de cuarenta años vistió a las más distinguidas señoras del momento.

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