David Guerrier, un zapatero de altura

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Fotos: Pepe Ortega

No sé si porque nació en una fábrica de zapatos de Elda  (Alicante) o porque era su sino, el caso es que David Guerrier es un zapatero a la medida de sus sueños. Su primer taller lo puso en Alicante, pero junto con su mujer, la sevillana Nerea Martínez, y con Pepe Amat, forma parte también del trío de diseñadores de la cotizada firma Magrit, una de las que calza a la Princesa de Asturias y eso siempre son palabras mayores.

David Guerrier lleva desde mediados de agosto en Sevilla, en la calle Álvarez Quintero, 18 ,y ya tiene una amplia cartera de clientas que le confían la base de su cuerpo, los pies. Se confiesa autodidacta, aunque buena parte de su vida laboral se la ha pasado en los Estados Unidos, donde estudiaba la fórmula para que el zapato fuera cómodo sin renunciar a su diseño. Ahora sigue investigando y hace juegos malabares para que las mujeres se suban en pedestales sin perder el equilibrio.

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Zapatos en pie de guerra

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Asandaliado-charoles-plataforma-y-tacon-cueroHe leído en internet, que es donde se suelen leer este tipo de noticias, que al periodista iraquí Muntazar al Zaidi le han dado un premio en el municipio madrileño de Rivas Vaciamadrid por, pongamos, valiente, para ir al grano y no andarnos con rodeos. El colega en cuestión pasará a la historia, al menos a la de las gacetillas, por haberle lanzado un zapato al ex presidente  de la poderosa  USA, George W. Bush. El pedestre proyectil, que el ex mandatario esquivó con habilidad, era una manera no tan sui generis de protestar, en su caso por la guerra de Irak. Protestar a zapatazo limpio ya lo había hecho Nikita Kruschev. El secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética echó mano de la funda de su pie para golpearla con inusitada virulencia (una vez que te pones no vas a ir de timorato), en la sede de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Era su forma de llamar la atención de los vericuetos en los que andaba metida la llamada Guerra Fría. Fue el 12 de octubre de 1960 y el dirigente le echó dos pares y la bailaera, como se dice en Andalucía a los que tienen co… Pues eso. La historia con mayúsculas quizá no le haya compensado por su audacia en este y en otros avatares, pero la que se escribe con letra diminuta lo recordará siempre ligado a un incendiario zapato.

Sabotaje

Incendiarios zapatos ya los hubo en Francia y en los Países Bajos allá por el Medievo. En aquella época, los campesinos utilizaban un tipo de zueco llamado “sabots”. Este humilde calzado adquirió una  increíble dimensión cuando uno de sus sufridos usuarios, en una de esas acciones que cambian el curso de la vida, pisó con ellos la cosecha de su señor. A aquel arriesgado acto se le llamó sabotaje.

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